
Y de nuevo apareció una cohorte pretoriana de gigantes sicambros, de ojos azules, de caras barbudas y cabellos rubios o rojos. A la cabeza de ella, las águilas romanas eran conducidas por portaestandartes, e iban también tablas con inscripciones, estatuas de dioses germanos y de Roma, guerreros, y, finalmente, el busto de Nerón.
Henryk Sienkiewicz en Quo Vadis? (1895)
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Citas similares

Fábula de la sirena y los borrachos
Todos estos señores estaban dentro
cuando ella entró completamente desnuda
ellos habÃan bebido y comenzaron a escupirla
ella no entendÃa nada recién salÃa del rio
era una sirena que se habÃa extraviado
los insultos corrÃan sobre su carne lisa
la inmundicia cubrió sus pechos de oro
ella no sabÃa llorar por eso no lloraba
no sabÃa vestirse por eso no se vestÃa
la tatuaron con cigarrillos y con corchos quemados
y reÃan hasta caer al suelo de la taberna
ella no hablaba porque no sabÃa hablar
sus ojos eran color de amor distante
sus brazos construÃdos de topacios gemelos
sus labios se cortaron en la luz del coral
y de pronto salió por esa puerta
apenas entro al rio quedó limpia
relució como una piedra blanca en la lluvia
y sin mirar atrás nadó de nuevo
nadó hacia nunca más hacia morir.
poema de Pablo Neruda en Regresó la sirena (1954)
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Grupo
Llevaban un montón de tiempo conviviendo.
Y habÃan empezado a repetirse un poco:
Él era ella,
Y ella era él.
Ella era ella,
Y él, era ella también.
Ella a veces era o no era,
Entonces él llegaba a ser ellas,
O algo asÃ, por el estilo.
Por la mañana sobre todo,
Hasta que conseguÃan terminar de deslindarse
Quién era quién,
Dónde empezaban y dónde acababan,
¡Por qué asà y no de otro modo,
PerdÃan un sinfin de horas!
Pasaba el tiempo como por un rÃo llevado.
Trataban hasta de besarse a veces,
Pero de pronto descubrÃan,
Que ambos eran ella.
Más fáciles de repetir.
Y asustados, se ponÃan, pues
A bostezar.
Era un bostezo asÃ,
De lana suave
Que hasta se podÃa tricotar
De la siguiente forma:
Una de ellas bostezaba muy atenta,
Mientras la otra sujetaba el ovillo.
poema de Marin Sorescu, traducido por Catalina Iliescu
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Entre los gigantes hay también gigantitos.
aforismo de Valeriu Butulescu, traducido por Ulises Estrella
Añadido por Simona Enache
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Barrabás era un mocetón de unos treinta años, robusto, de pálida tez, barba rojiza y cabellos negros. Las cejas parecÃan también negras, los ojos se hundÃan en las órbitas, como si la mirada hubiera querido esconderse. Bajo uno de ellos descollaba una profunda cicatriz, que desaparecÃa en la barba.
Pär Lagerkvist en Barrabás (1950)
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HabÃa una vez una niña muy bonita, una pequeña princesa que tenÃa un cutis blanco como la nieve, labios y mejillas rojos como la sangre, y cabellos negros como el azabache. Su nombre era Blancanieves.
Hermanos Grimm en Blancanieves y los siete enanitos (1812)
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El orgullo y la gloria de la revolución... los más rojos entre los rojos.
cita de León Trotsky
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Todas las monedas tienen dos caras. Algunos de sus propietarios también.
aforismo de Hasier Agirre
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XLIV
El desorden de mis cabellos
Se debe a mi almohada insomne y solitaria.
Mis ojos hundidos y mejillas demacradas
Son tu culpa.
poema de Kenneth Rexroth en Los Poemas de Amor de Marichiko, traducido por Carlos Mayhua
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Búfalo Bill ha muerto
Búfalo Bill
ha muerto
él cabalgaba
en un caballo semental color de plata y agua
y rompÃa unadostrescuatrocinco palomasdeunsaque
Jesús
era un hombre hermoso
y lo que yo quiero saber es
cuánto le gusta su muchacho de los ojos azules
Señor Muerte
poema de E.E. Cummings, traducido por Marcelo Covian
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Y mirá que apenas nos conocÃamos y ya la vida urdÃa lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabÃas disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo querÃa era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo - Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movÃas como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil.
Julio Cortázar en Rayuela (1963)
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Un hombre con cabeza de caballo. También se cree hipocentauro.
aforismo de Valeriu Butulescu, traducido por Ulises Estrella
Añadido por Simona Enache
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Finalmente, se hará constar que el propio sol es el centro del universo. Todo esto ha sido propuesto por la sistemática procesión de los acontecimientos y la armonÃa de todo el universo, aunque sólo nos enfrentamos a los hechos, como ellos dicen, "con ambos ojos abiertos".
cita de Nicolás Copérnico
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Su serena respiración era más lenta que la de Eguchi. De vez en cuando el viento pasaba sobre la casa, pero ya no tenÃa el sonido de un invierno inminente. El bramido de las olas contra el acantilado se suavizaba al aproximarse. Su eco parecÃa llegar del océano como música que sonara en el cuerpo de la muchacha y los latidos de su pecho y el pulso de ella le servÃan de acompañamiento. Al ritmo de la música, una mariposa pura y blanca danzó sobre sus párpados cerrados. Retiró la mano de la muñeca de ella. No la tocaba en ninguna parte. Ni la fragancia de su aliento, ni de su cuerpo, ni de sus cabellos era fuerte.
Yasunari Kawabata en La casa de las bellezas durmientes (1961)
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El Cuervo
Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
a mi puerta oà llamar:
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
mano tÃmida a tocar:
«Es—me dije—una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo y nada más!»
¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuán ansioso el nuevo dÃa deseaba, en la lectura
procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
la radiante, la sin par
vÃrgen pura a quien Leonora los querubes llaman, hora
ya sin nombre... ¡nunca más!
Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar,
«es, sin duda, un visitante—repetÃa con instancia—
que a mi alcoba quiere entrar:
un tardÃo visitante a las puertas de mi estancia..
eso es todo, y nada más!»
Paso a paso, fuerza y brÃos
fue mi espÃritu cobrando:
«Caballero—dije—o dama:
mil perdones os demando;
mas, el caso es que dormÃa,
y con tanta gentileza
me vinisteis a llamar,
y con tal delicadeza
y tan tÃmida constancia
os pusÃsteis a tocar,
que no oû—dije—y las puertas
abrà al punto de mi estancia;
¡sombras sólo y...
nada más!
Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
quedé allÃ, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;
más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
ruido alguno... Resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
yo me puse a murmurar,
y que el eco repetÃa como un soplo: ¡Leonora...!
esto apenas, ¡nada más!
A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
pronto oà llamar de nuevo,—esta vez con más violencia,
«De seguro—dije—es algo que se posa en mi persiana;
pues, veamos de encontrar
la razón abierta y llana de este caso raro y serio,
y el enigma averiguar.
¡Corazón! Calma un instante, y aclaremos el misterio...
—Es el viento—y nada más!»
La ventana abr×y con rÃtmico aleteo y garbo extraño
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
con aspecto señorial,
fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
de mi puerta el cabezal;
sobre el busto que de Palas la figura representa,
fué y posóse—¡y nada más!
Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de seguro
no eres cuervo nocturnal,
viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
DÃme:—«¿Cuál tu nombre, cuál
en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?...»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!.»
Asombrado quedé oyendo asà hablar al avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
que lograse contemplar
ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
ave o bruto reposar
sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,
con tal nombre: «¡Nunca más!».
Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,
sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
vinculada—ni una pluma sacudÃa, ni un acento
se le oÃa pronunciar...
Dije entonces al momento: «Ya otros antes se han marchado,
y la aurora al despuntar,
él también se irá volando cual mis sueños han volado.»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
«no hay ya duda alguna—dije—lo que dice es aprendido;
aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
persiguiera sin cesar,
persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
sus canciones terminar
y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo
de jamás, ¡y nunca más!»
Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
luego, hundiéndome en la seda, fantasÃa y fantasÃa
dime entonces a juntar,
por saber qué pretendÃa aquel pájaro ominoso
de un pasado inmemorial,
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
al graznar: «¡Nunca jamás!»
Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelo
me empeñaba en descifrar,
sobre el rojo terciopelo do imprimÃa viva huella
luminosa mi fanal—
terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá élla
a oprimir—¡Ah! ¡Nunca más!
Parecióme el aire, entonces,
por incógnito incensario
que un querube columpiase
de mi alcoba en el santuario,
perfumado—«Miserable sér—me dije—Dios te ha oÃdo,
y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
te ha venido hoy a brindar:
¡bebe! bebe ese nepente, y asà todo olvida ahora.
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
«Eh, profeta—dije—o duende,
mas profeta al fin, ya seas
ave o diablo—ya te envÃe
la tormenta, ya te veas
por los ábregos barrido a esta playa,
desolado
pero intrépido a este hogar
por los males devastado,
dime, dime, te lo imploro:
¿Llegaré jamas a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
«¡Oh, Profeta—dije—o diablo—Por ese ancho combo velo
de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
a quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida,
presa infausta del pesar,
sà jamás en otra vida la doncella arrobadora
a mi seno he de estrechar,
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
«Esa voz,
oh cuervo, sea
la señal
de la partida.
grité alzándome:—¡Retorna,
vuelve a tu hórrida guarida,
la plutónica ribera de la noche y de la bruma!...
de tu horrenda falsedad
en memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja...»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...
y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
las visiones ve del mal;
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja trunca
su ancha sombra funeral,
y mi alma de esa sombra que en el suelo flota...¡nunca
se alzará... nunca jamás!
poema de Edgar Allan Poe (1845), traducido por Juan Antonio Pérez Bonalde
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Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan...
Hay ojos que miran, -hay ojos que sueñan,
hay ojos que llaman, -hay ojos que esperan,
hay ojos que rÃen -risa placentera,
hay ojos que lloran -con llanto de pena,
unos hacia adentro -otros hacia fuera.
Son como las flores -que crÃa la tierra.
Mas tus ojos verdes, -mi eterna Teresa,
los que están haciendo -tu mano de hierba,
me miran, me sueñan, -me llaman, me esperan,
me rÃen rientes -risa placentera,
me lloran llorosos -con llanto de pena,
desde tierra adentro, -desde tierra afuera.
En tus ojos nazco, -tus ojos me crean,
vivo yo en tus ojos -el sol de mi esfera,
en tus ojos muero, -mi casa y vereda,
tus ojos mi tumba, -tus ojos mi tierra.
poema de Miguel de Unamuno
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Un dÃa llamé a Bill y le dije: 'Tengo un nuevo personaje llamado The Bat-Man y he realizado algunos bocetos elementales que me gustarÃa que vieras'. Poco después, llegó a mi casa y le mostré mis dibujos. En ese momento, sólo le habÃa dibujado una pequeña máscara, similar a la que portarÃa eventualmente Robin. Bill me dijo: '¿Por qué no lo hacemos lucir más como un murciélago, dibujándole una capucha con dos hendiduras en los ojos, con tal de hacerlo más misterioso?' Hasta entonces, The Bat-Man vestÃa un traje rojo; las alas, los calzones y la máscara eran de color negro. Yo pensaba que el rojo y el negro serÃan una buena combinación, sin embargo Bill me dijo que la vestimenta resultaba demasiado brillante, sugiriéndome al respecto: 'Coloréalo de gris oscuro para darle un toque más siniestro'.
Bob Kane en AutobiografÃa (1989)
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Desde edad temprana dominé el arte de imitar voces, un arte al que me acerqué de manera instintiva e inconvencional. Finalmente empecé a imitar a un papagayo, lo cual es inusual, ya que los papagayos imitan usualmente a los hombres. Cuando se emprende la iniciativa, no le queda otro remedio al papagayo, que ser el mismo, con lo cual se demuestra de nuevo que la mejor defensa es el ataque.
cita de Peter Ustinov
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Todos los imbéciles de la burguesÃa que pronuncian las palabras: inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterÃas me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca habÃa estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podÃan exhibirse públicamente semejantes indecencias.
cita de Charles Baudelaire
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Un poco de filosofÃa nos aleja de la religión; pero mucha filosofÃa nos conduce de nuevo a ella.
cita de Rivarol
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Lorenzo: Se echó a reÃr. Cuando un caballero se declara a una señorita, aunque la señorita no le quiera, le oye con agrado, baja los ojos con modestia, sonrÃe con dulzura. Pues ella me oyó con asombro, con un asombro insolente; levantó los ojos, abriéndolos mucho, ¡parecÃan dos luceros maliciosos!..., y lanzó una carcajada. La sonrisa es sonrisa, y no ofende; la carcajada ¡abofetea!
réplica en Mancha que limpia, obra de José Echegaray (1895)
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