
Cuando salÃa para la escuela, también mi madrastra se sinceró conmigo. Estábamos a solas, en la entrada de casa y me dijo que en aquel dÃa tan triste para todos nosotros esperaba "contar con un comportamiento adecuado" por mi parte. No sabÃa qué responderle, asà pues no dije nada. Quizá haya interpretado mal mi silencio, porque continuó diciéndome que no habÃa querido herir mi sensibilidad y que sabÃa que su advertencia era, en realidad, innecesaria. Estaba segura de que yo, un muchacho de quince años, era perfectamente capaz de calibrar la "gravedad del golpe que habÃamos recibido"; ésas fueron sus palabras. Asentà con la cabeza y vi que con eso le bastaba. Entonces, hizo un gesto con la mano, y temà que fuera a abrazarme. No lo hizo, se limitó a soltar un largo y profundo suspiro entrecortado. Me di cuenta de que sus ojos se ponÃan húmedos; me sentà incómodo. Después, me dejó ir. Fui andando desde la escuela hasta el almacén. Era una mañana limpia y tibia para ser el principio de la primavera. Hubiera podido desabrochar mi abrigo, pero desistÃ: la ligera brisa podÃa haber hecho que las solapas hubieran ocultado de manera antirreglamentaria mi estrella amarilla.
Imre Kertész en Sin destino (1975)
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Citas similares
En los pasos que no di ©
En los pasos que no di
fueron quedando las promesas
que siempre quise cumplir;
quise volar y el silencio hecho tiempo
dueño de todos los momentos
se hizo muro insuperable
donde sólo las anónimas sombras
–anárquicas en su fe- llegaban
y mirándome, desafiantes desaparecÃan.
En los pasos que no di
los cuerpos fueron quedando sin abrazos,
y las caras –pintadas con el asombro de la bruma-
no decÃan nada, perdieron la voz…
… perdieron la vida;
el silencio lo fue todo
y el mÃo quedó sin dueño
en el universo donde sólo existe el pasado,
porque el mañana también habÃa que inventarlo.
En los pasos que no di
se confundieron los murmullos,
y el canto alegre que llevaba la mañana
se hacÃa esperar…
… y no llegaba;
miraba entre las montañas,
y buscaba entre las olas;
me dejaba arrastrar por el viento
sintiendo los aromas imposibles
de lo que nunca –eterna duda- quizá sucedió.
En los pasos que no di
…acaso para siempre me perdÃ.
©Jpellicer
poema de Juan Antonio Pellicer (junio 2014)
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Fábula de la sirena y los borrachos
Todos estos señores estaban dentro
cuando ella entró completamente desnuda
ellos habÃan bebido y comenzaron a escupirla
ella no entendÃa nada recién salÃa del rio
era una sirena que se habÃa extraviado
los insultos corrÃan sobre su carne lisa
la inmundicia cubrió sus pechos de oro
ella no sabÃa llorar por eso no lloraba
no sabÃa vestirse por eso no se vestÃa
la tatuaron con cigarrillos y con corchos quemados
y reÃan hasta caer al suelo de la taberna
ella no hablaba porque no sabÃa hablar
sus ojos eran color de amor distante
sus brazos construÃdos de topacios gemelos
sus labios se cortaron en la luz del coral
y de pronto salió por esa puerta
apenas entro al rio quedó limpia
relució como una piedra blanca en la lluvia
y sin mirar atrás nadó de nuevo
nadó hacia nunca más hacia morir.
poema de Pablo Neruda en Regresó la sirena (1954)
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El guardador de rebaños
El guardador de rebaños
En un medio dÃa de fin de primavera
Tuve un sueño como una fotografÃa.
Vi a Jesucristo descender a la tierra.
Vino por la ladera de un monte
Tornado otra vez niño,
A correr y a revolcarse por la hierba
Y a arrancar flores para tirarlas luego
Y a reÃrse de modo que lo escuchen de lejos.
HabÃa huido del cielo.
Era demasiado nuestro para fingirse
La segunda persona de la Trinidad.
En el cielo era todo falso, todo en desacuerdo
Con flores y árboles y piedras.
En el cielo habÃa que estar siempre serio
Y de vez en cuando tornarse otra vez hombre
Y subir a la cruz, y estar siempre muriendo
Con una corona toda alrededor de espinas
Y los pies atravesados por un clavo con cabeza,
Y hasta con un trapo alrededor de la cintura
Como los negros de las ilustraciones.
Ni siquiera lo dejaban tener padre y madre
Como los otros niños.
Su padre era dos personas:
Un viejo llamado José, que era carpintero.
Y que no era su padre;
Y el otro padre era una paloma estúpida,
La única paloma fea del mundo
Porque no era del mundo ni era paloma.
Y su madre no habÃa amado antes de tenerlo.
No era mujer: era una valija
En la que habÃa venido del cielo.
Y querÃan que él, que solo naciera de madre,
Y nunca tuviera un padre para amar con respeto,
Pregase la bondad y la justicia!
Un dÃa que Dios estaba durmiendo
Y el EspÃritu Santo andaba volando,
Él fue a la caja de los milagros y robó tres.
Con el primero hizo que nadie supiera que habÃa huido.
Con el segundo se hizo eternamente humano y niño.
Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz
Y lo dejó clavado en la cruz que hay en el cielo
Y sirve de modelo a las otras.
Después huyó hacia el sol
Y descendió por el primer rayo que encontró.
Hoy vive en mi aldea conmigo.
Es un niño de risa bonita y natural.
Limpia la nariz con el brazo derecho,
Chapotea en los charcos de agua,
Recoge flores, las disfruta y después las olvida.
Les tira piedras a los burros,
Roba fruta en las plantaciones
Y huye llorando y gritando por los perros.
Y, porque sabe que a ellas no les gusta
Y que a todos les causa gracia,
Corre atrás de las muchachas
Que van en grupo por los caminos
Con tinas de agua en las cabezas
Y les levanta las polleras.
A mi me enseñó todo.
Me enseñó a observar las cosas
Me señala todas las cosas que hay en las flores.
Me muestra como son graciosas las piedras
Cuando uno las tiene en la mano
Y las observa lentamente.
... Él vive conmigo en mi casa en medio de la colina.
Él es el Niño Eterno, el dios que faltaba.
Él es lo humano que es natural,
Él es lo divino que sonrÃe y juega.
Y por eso es que yo se con toda certeza
Que él es el Niño Jesús verdadero.
Y el niño tan humano que es divino
Es esta mi cotidiana vida de poeta,
Y es porque él anda siempre conmigo que yo soy poeta siempre.
Y que mi más mÃnima mirada
Me llena de sensación,
Y el más pequeño sonido, sea de lo que sea,
Parece hablar conmigo.
El Niño Nuevo que habita donde vivo
Me da una mano a mi
Y la otra a todo lo que existe
Y asà vamos los tres por el camino venidero,
Saltando y cantando y riendo
Y gozando de nuestro secreto común
Que es el de saber por todas partes
Que no hay misterio en el mundo
Y que todo vale la pena.
El Niño Eterno me acompaña siempre.
La dirección de mi mirada es su dedo señalando.
Mi oÃdo atento alegremente a todos los sonidos
Son las cosquillas que él me hace, jugando, en las orejas.
Nos llevamos tan bien el uno con el otro
En compañÃa de todo
Que nunca pensamos el uno en el otro,
Pero vivimos juntos los dos
En un acuerdo Ãntimo
Como la mano derecha con la izquierda.
Al anochecer jugamos a las cinco piedritas
En el escalón de la puerta de casa,
Graves como corresponde a un dios y a un poeta,
Y como si cada piedra
Fuese todo un universo
Y fuera por eso un gran peligro para ella
Dejarla caer al suelo.
Después yo le cuento historias de las cosas de los hombres
Y él sonrÃe, porque todo es increÃble.
Se rÃe de los reyes y de los que no son reyes,
Y siente pena al oÃr hablar de las guerras,
Y de los negocios, y de los navÃos
Que dejan humo en el aire de altamar.
Porque él sabe que todo eso falta a aquella verdad
Que una flor tiene al florecer
Y que anda con la luz del sol
Modificando los montes y los valles
Y haciendo doler los ojos por la claridad de los muros.
Después el se adormece y yo lo acuesto.
Lo llevo a upa para dentro de casa
Y lo acuesto, desnudándolo lentamente
Como siguiendo un ritual muy limpio
Y todo materno hasta que queda desnudo.
Él duerme dentro de mi alma
Y a veces despierta de noche
Y juega con mis sueños.
Los da vuelta patas para arriba,
Pone unos encima de los otros
Y aplaude solo
Sonriéndole a mi sueño.
Cuando yo muera, hijito,
Sea yo el niño, el más pequeño.
Alzame vos a upa
Y llevame adentro de tu casa.
Desviste mi ser cansado y humano
Y acostame en tu cama.
Y contame historias, si despierto,
Para volverme a adormecer.
Y dame sueños tuyos para jugar
Hasta que nazca algún dÃa
Que vos sabés cual es.
Esta es la historia de mi Niño Jesús.
¿Por que razón que se perciba
No ha de ser ella mas verdadera
Que todo lo que los filósofos piensan
Y todo lo que las religiones enseñan?
poema de Fernando Pessoa en El yo profundo y los otros yos, traducido por Graciela Volco
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Shakespeare
Shakespeare creó el mundo en siete dÃas.
En el primero hizo el cielo, los montes y los abismos del alma.
El segundo dÃa hizo los rÃos, mares, océanos
Y demás sentimientos ---
Y se los ofreció a Hamlet, Julio César, Antonio, Cleopatra y Ofelia,
A Otelo y a otros,
Para que los dominaran ellos y sus descendientes
Por los siglos de los siglos.
El tercer dÃa congregó a todos los hombres
Y les enseñó los gustos:
El gusto de la felicidad, del amor, del desconsuelo
El gusto de los celos, de la gloria, y siguió asÃ
Hasta que se acabaron todos los gustos.
Luego aparecieron unos indivÃduos que habÃan llegado tarde.
El Creador les acarició, compasivo la cabeza,
Y les dijo que no les quedaba otra cosa sino hacerse
CrÃticos literarios
Y contestar su obra.
Reservó el cuarto y el quinto dÃa para la risa.
Soltó a los bufones
Con sus cabriolas
Y dejó a los reyes, emperadores
Y a otros infelices que se divirtieran.
El sexto dÃa resolvió algunos problemas administrativos:
Urdió una tempestad,
Y enseñó al rey Lear
A llevar corona de paja.
Quedaban unos cuantos desechos tras la Creación
Con los que forjó a Ricardo III.
El séptimo dÃa se dedicó a comprobar si le quedaba algo por hacer.
Los directores de teatro ya tenÃan la tierra llena de carteles,
Y pensó Shakespeare que tal vez merecÃa después de toda su fatiga
Ser simple espectador por una vez.
Pero antes de nada, puesto que estaba cansado sobremanera,
Se fue a morir un rato.
poema de Marin Sorescu, traducido por Catalina Iliescu
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No recuerdo de ningún sufrimiento que tuviera por causa la pobreza de nuestro hogar. A nosotros nos parecÃa muy natural esa pobreza. Donde yo sufrÃa era en la escuela únicamente. Para un niño sensible y orgulloso, el sistema de la escuela pública es tan humillante como el de un penal. Yo siempre estaba en rebeldÃa.
cita de Isadora Duncan
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Un dÃa llamé a Bill y le dije: 'Tengo un nuevo personaje llamado The Bat-Man y he realizado algunos bocetos elementales que me gustarÃa que vieras'. Poco después, llegó a mi casa y le mostré mis dibujos. En ese momento, sólo le habÃa dibujado una pequeña máscara, similar a la que portarÃa eventualmente Robin. Bill me dijo: '¿Por qué no lo hacemos lucir más como un murciélago, dibujándole una capucha con dos hendiduras en los ojos, con tal de hacerlo más misterioso?' Hasta entonces, The Bat-Man vestÃa un traje rojo; las alas, los calzones y la máscara eran de color negro. Yo pensaba que el rojo y el negro serÃan una buena combinación, sin embargo Bill me dijo que la vestimenta resultaba demasiado brillante, sugiriéndome al respecto: 'Coloréalo de gris oscuro para darle un toque más siniestro'.
Bob Kane en AutobiografÃa (1989)
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Esta es su tierra, y no hay razón para que no se comporten con naturalidad, sus raÃces han ido hundiéndose en este suelo generación tras generación, sin necesidad de que vengas de lejos en su busca. En cuanto a los que se fueron de aquà hace tiempo, en su época no existÃa todavÃa la estación de autobuses, y menos aún los coches de lÃnea. Por rÃo, habÃa que tomar una barca cubierta de esteras; y por tierra, alquilar una carreta. Si realmente uno no tenÃa dinero, sólo podÃa contar con sus suelas. Ahora, todos los que aún tienen un soplo de vida regresan, incluso desde la otra orilla del PacÃfico, ya sea en utilitario o en coche de lujo con aire acondicionado. Algunos han hecho fortuna, otros se han hecho famosos, otros no son nada, pero han envejecido y quieren volver. Al aproximarse al final de la vida, ¿quién no siente nostalgia por su tierra?
Gao Xingjian en La montaña del alma (1990)
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Sólo ahora, cuarenta años después, se percibe que, cuarenta años antes, ocurrieron cosas que hubieran podido molestar a algunas personas, pero entonces les importaba un bledo.
cita de Marcel Duchamp
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La esperanza es un sentimiento positivo, o al menos eso decÃa la gente. Pero Bipa sabÃa la amarga verdad: la esperanza podÃa llegar a ser cruel, oh sÃ, terriblemente cruel... PodÃa convertir una muchacha enamorada en una mujer triste y débil, perdida en sus ensoñaciones y en un tiempo que no volverÃa. La esperanza podÃa trastornar a una persona hasta hacerle rozar la locura.
Laura Gallego GarcÃa en La Emperatriz de los Etéreos (2007)
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Canto I
La gloria de aquel que todo mueve
penetra el universo, y resplandece
en una parte más y en otra menos.
En el cielo que más de su luz prende
fui yo, y vi cosas que redecir
no sabe ni puede el que de allà desciende;
porque acercándose a su deseo,
nuestro intelecto se ahonda tanto,
que tras él la memoria ir no puede.
En verdad cuanto del reino santo
pudo mi mente acumular tesoro,
será ahora materia de mi canto.
¡O buen Apolo!, al último afán
hazme ser de tu valor tal vaso
como exiges para dar el laurel amado.
Hasta aquà una cumbre del Parnaso
asaz me fue; mas ahora con ambas
me es preciso entrar en la faltante arena.
Entra en mi pecho e inspira tal aliento
como cuando de Marsias arrancaste
de los miembros la piel.
¡Oh divina virtud! Si me otorgaras
tanto que la sombra del beato reino
signada en mi cabeza manifieste,
llegar verásme a tu amado leño,
y coronarme entonces de aquellas hojas
de las que el tema y tú me harán digno.
Si raras veces, Padre, se las coge
para triunfar ya césar o poeta,
culpa y vergüenza es del querer humano,
que parir alegrÃa para la alegre
deÃfica deidad deberÃa la fronda
penea, cuando de sà a alguien asedienta.
A pequeña chispa gran llama secunda:
quizá detrás de mà con mejor voz
se invocará para que Cirra responda.
Surge a los mortales por diversas bocas
la lucerna del mundo; mas de aquella
que cuatro cercos junta con tres cruces,
con mejor curso y con mejor estrella
de ella sale conjunta, y la mundana cera
más a su modo atempera y sella.
Formado habÃa allá la mañana y acá la puesta
aquella boca casi, y allá era todo blanco
el hemisferio, y acá la otra parte negra,
cuando a Beatriz a su siniestro lado
vi volverse y mirar al Sol;
un águila asà no lo miró tan fijo nunca.
Y asà como el segundo royo suele
brotar del primero y rebotar asuso,
como peregrino que retornar quiere,
asà su acto, por los ojos infuso
en mi fantasÃa, mÃo se hizo,
y clavé los ojos en el Sol allende nuestro uso.
Mucho es permitido allá, que aquà no se permite
a nuestras virtudes, en razón del lugar
que es propio de la humana especie.
No lo sufrà mucho, pero no tan poco
que no lo viera centellear en torno
como del fuego el hierro sale candente;
y de golpe pareció que un dÃa a otro
se uniera, como si Aquel que puede
pusiera al cielo de otro Sol adorno.
Beatriz toda en las eternas ruedas
fijos los ojos tenÃa; y yo en ella
mis luces puse, de allá arriba depuestas.
En su figura me metà tan adentro,
como en el mar Glauco al gustar la hierba,
que consorte lo hizo de los demás dioses.
Transhumanar significar per verba
no se podrÃa; pero el ejemplo baste
a quien vivirlo la gracia otorgue.
Si de mi sólo quedaba aquello que creaste
últimamente, ¡Oh amor que el cielo gobiernas!
tú lo sabes, que con tu luz me elevaste.
Cuando la rueda, que tú eternamente
deseado, a ella mi atención sedujo
con la armonÃa que tú temperas y disciernes,
mostróseme entonces tan inflamado el cielo
por la llama del Sol, como lluvia o rio
no podrÃan hinchar algo más un lago.
La novedad del son y la gran lumbre
por sà mismas encendieron en mà tal deseo
como nunca antes hube de sentirlo tan agudo;
y entones ella, que me veÃa como yo me veo,
para aquietarme el ánimo revuelto,
antes que yo lo pidiera, abrió la boca
y comenzó: Tú mismo te haces grueso
con el falso imaginar, de modo que no ves
lo que verÃas si mejor lo sacudieras.
No estás en la tierra, como tú crees;
no hay fulgor que huyendo de su sitio,
no corra como tú que a ella vuelves.
Si de la primera duda fui desvestido
por las sonrientes palabritas breves,
dentro de otra más nueva fui vestido;
y dije: Antes contento reposé
con gran asombro, mas ahora me admiro
como pueda traspasar por estos cuerpos leves.
Entonces ella, tras un pÃo suspiro,
los ojos dirigió a mà con el semblante
de una madre ante el delirio de su hijo,
y comenzó: Las cosas todas ellas
guardan entre sà un orden, que es la forma
que a Dios el universo hace semejante.
Aquà las nobles criaturas ven la huella
del eterno valor, que es el fin
para el que fue hecha la indicada norma.
Al orden que yo digo se inclinan
todas las criaturas, de diversas formas,
más a su principio o menos vecinas;
por donde corren a diversos puertos
por el gran mar del ser, y cada una
con el instinto conductor que le fue dado.
Uno arrastra el fuego hacia la Luna;
otro el corazón mortal motora;
otra la tierra restringe en sà y aduna;
y no sólo a las criaturas que son
sin inteligencia este arco saeta,
mas a las que tienen intelecto y amor.
La providencia, que todo regula,
con su luz mantiene siempre quieto al cielo,
dentro del cual está el que gira con mayor presteza
y entonces a allÃ, como a lugar preciso,
conduce la virtud de aquella cuerda
que, lo que dispara, a feliz blanco endereza.
Verdad es que muchas veces la forma
no se ajusta a la intención del arte,
porque a responder la materia es sorda,
asà a veces de este curso se aparta
la criatura que tiene el poder
de plegarse, aunque asà ordenada, a otra parte,
y, tal como verse puede caer
fuego de nube, asà el Ãmpetu primero
a tierra baja desviado por falso placer.
No debes pues admirarte, si bien estimo,
de tu subida, más que del rÃo que
del alto monte desciende a bajo sitio.
Maravilla serÃa en ti, si, de impedimento
libre, abajo te quedaras quieto,
como si a tierra se adhiriera el fuego vivo.
Entonces retorné la vista al cielo.
poema de Dante Alighieri en La Divina Comedia, El ParaÃso, traducido por Lic. Jorge Sanguinetti
Añadido por Dan Costinaş
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Grupo
Llevaban un montón de tiempo conviviendo.
Y habÃan empezado a repetirse un poco:
Él era ella,
Y ella era él.
Ella era ella,
Y él, era ella también.
Ella a veces era o no era,
Entonces él llegaba a ser ellas,
O algo asÃ, por el estilo.
Por la mañana sobre todo,
Hasta que conseguÃan terminar de deslindarse
Quién era quién,
Dónde empezaban y dónde acababan,
¡Por qué asà y no de otro modo,
PerdÃan un sinfin de horas!
Pasaba el tiempo como por un rÃo llevado.
Trataban hasta de besarse a veces,
Pero de pronto descubrÃan,
Que ambos eran ella.
Más fáciles de repetir.
Y asustados, se ponÃan, pues
A bostezar.
Era un bostezo asÃ,
De lana suave
Que hasta se podÃa tricotar
De la siguiente forma:
Una de ellas bostezaba muy atenta,
Mientras la otra sujetaba el ovillo.
poema de Marin Sorescu, traducido por Catalina Iliescu
Añadido por Dan Costinaş
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Su hermoso, ondulado y dorado cabello se agitaba atrapado por el viento. Yo estaba escandalizada por su libertad y sin embargo también cautivada. Él habÃa vivido en Francia toda su vida, tenÃa acento francés y arrastraba las erres. Era como una criatura salvaje. No parecÃa importarle lo que la gente pensaba acerca de él. SentÃ, mientras caminaba calle abajo con él, que podÃa irse en cualquier momento, tenÃa tan poca conexión con el comportamiento ordinario.
cita de Peggy Guggenheim
Añadido por Dan Costinaş
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Parte del motivo por el que el capitalismo parece tener éxito es que siempre ha contado con mucha mano de obra esclava, la mitad de la población. Lo que las mujeres hacen -fuera del mundo laboral- no cuenta para nada.
cita de Noam Chomsky
Añadido por Dan Costinaş
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Oración a la Luz
Señor: yo sé que en la mañana pura
de este mundo, tu diestra generosa
hizo la luz antes que toda cosa
porque todo tuviera su figura.
Yo sé que te refleja la segura
lÃnea inmortal del lirio y de la rosa
mejor que la embriagada y temerosa
música de los vientos en la altura.
Por eso te celebro yo en el frÃo
pensar exacto a la verdad sujeto
y en la ribera sin temblor del rÃo:
por eso yo te adoro, mudo y quieto:
y por eso, Señor, el dolor mÃo
por llegar a Ti se hizo soneto.
poema de José MarÃa Pemán (1940)
Añadido por Dan Costinaş
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Gigi L'amoroso
Ya llega Gigi l'amoroso, por donde va con su mirar hace caricias.
Gigi l'amoroso, conquistador y seductor repartiendo delicias.
Es fiesta cada vez que canta él: Zazar, Luna caprese, O sole mio.
Gigi Giuseppe pero todo el mundo le llamaba Gigi el cariñoso, traÃa locas a las mujeres,
a todas la mujeres, a la del panadero que cerraba la tienda los martes para...,
a la del notario una santa que nunca habÃa faltado a su marido,
ni con el pensamiento y la viuda del consejal que no llevaba luto porque no le sentaba bien el negro.
A todas y a mÃ, hasta que un dÃa llegó una americana perdió la Tramontana,
y le propuso irse a Hollywood, porque ahà tu serás el más guapo galán,
le repetÃa ya sin respirar.
Con que gran emoción, todas en la estación, sacamos los pañuelos en el adiós
y rezamos por él por que viera también América rendida sus pies.
Y cuando allá llegó a todas les gustó. Ya llega Gigi l'amoroso, por donde va con su mirar hace caricias,
Gigi l'amoroso conquistador y seductor repartiendo delicias.
Pues nada mas llegar ya les cantó: Zazar, Luna caprese, O sole mio,
Mucho tiempo pasó desde que se marchó, No "news" son buenas "news"
se llegó a decir, nuestra vida cambio la alegrÃa se fue, vivimos solo por sobrevivir.
Y a pesar de saber que está lejos de aquÃ, a veces nos parecer oÃr su voz y un suspiro
también que nos llega de ahà volando en su nostálgica canción.
Conquistador y seductor con sus caricias. Gigi. ¿Gigi estas ahà escondido?,
¿no te ha ido bien por allá eh? Pero Gigi que pensabas llegar a caso a ser
Gigi el americano, ma Gigi a quién se le ocurre, tú eres Guiseppe Fabrizio,
Luca Santini y eres napolitano. "Corleone che è arrivato Gigi, che è arrivato Gigi dall'America"
¿Oyes, les oyes Gigi?, es tu público, no te vayas están todos aquÃ,
han debido reconocerte en la estación, Gigi canta, canta Gigi canta para ellos,
canta para mÃ, que no he sabido nunca mas que hablar. Venga, canta eso Gigi, eso bravo.
"Carmela lo sai che è arrivato Gigi dall'America, Rosalina senti che è arrivato Gigi da Hollywood.
Te lo dico io, ma si non mi credi...".
canción interpretada por Dalida, música de P. Sebastian, Gefingal
Añadido por Simona Enache
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Amores extraños
Ya sabÃa que no llegarÃa,
ya sabÃa que era una mentira,
cuanto tiempo que por él perdÃ,
que promesa rota sin cumplir.
son amores problemáticos,
como tú, como yo.
Es la espera en un teléfono,
la aventura de lo ilógico,
la locura de lo mágico,
un veneno sin antÃdoto,
la amargura de lo efÃmero,
porque él se marchó.
Amores, tan extraños que te hacen cÃnica,
te hacen sonreÃr entre lágrimas.
cuántas páginas hipotéticas, para no escribir las
auténticas.
Son amores que sólo a nuestra edad
se confunden en nuestros espÃritus,
te interrogan y nunca te dejan ver
si serán amor o placer.
Y cuantas noches lloraré por él,
cuantas veces volveré a leer
aquellas cartas que yo recibÃa
cuando mis penas eran alegrÃas.
Son amores esporádicos,
pero en ti quedarán.
Amores, tan extraños que vienen y se van,
que en tu corazón sobrevivirán,
son historias que siempre contarás
sin saber si son de verdad.
Son amores frágiles,
prisioneros, cómplices,
son amores problemáticos,
como tú, como yo.
son amores frágiles,
prisioneros, cómplices,
tan extraños que viven negándose
escondiéndose de los dos.
Ya sabÃa que no llegarÃa,
esta vez me lo prometeré,
tengo ganas de un amor sincero, ya sin él.
canción interpretada por Laura Pausini
Añadido por Simona Enache
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Canto XXX
Tal vez a seis mil millas de nos lejana
hierve la sexta hora, y este mundo
inclina ya su sombra casi al lecho plano,
cuando el medio cielo, tan profundo,
comienza a cambiarse tanto, que alguna estrella
allá su aparecer pierde en el fondo;
y en cuanto viene la clarÃsima sierva
del Sol avanzando, entonces en el cielo
una a una se apagan hasta la más bella.
No de otro modo el triunfo que festeja
siempre en torno del punto que me venció,
como incluido en aquello que lo incluye,
de poco a poco de mi vista se extinguió;
por lo cual volvà mis ojos a Beatriz
pues ya nada veÃa y me obligaba el amor.
Si cuanto hasta aquà de ella se dijo
encerrado fuera todo en una loa,
no podrÃa ella cumplir su cometido.
La belleza que vi nos trasciende
no sólo allá, y tanto que ciertamente creo
que sólo su Hacedor la goza por entero.
En este paso más vencido me concedo
que lo fuera un autor de comedia
o de tragedia en el clÃmax de su tema;
pues, como el Sol a una flaca vista,
asà el recuerdo de la dulce sonrisa
agotaba mi mente por mi mismo ya vacÃa.
Desde el primer dÃa que vi su rostro
en esta vida, hasta llegar a esta vista,
de continuar mi canto no me vi privado,
pero ahora es necesario que desista
de ir ya más tras su belleza, poetizando,
como al cabo de sus fuerzas todo artista.
Asà la dejo en manos de mayor bando
que el de mi tuba, que conduce
la ardua su materia terminando,
y con acto y voz de expedito guÃa
recomenzó: Hemos salido fuera
del mayor cuerpo al cielo que es luz pura:
luz intelectual, plena de amor;
amor de verdadero bien, lleno de dicha;
dicha que trasciende toda dulzura.
Aquà verás a ambas milicias
del paraÃso, y a una con el mismo aspecto
en que la verás en la última justicia.
Como súbito relámpago que dispersa
los espÃritus visivos, tal que priva
al ojo de ver más fuertes objetos,
asà me circundó una luz viva,
y dejóme cegado con tal velo
su fulgor, que nada aparecÃa.
Siempre el amor que aquieta este cielo
con este saludo al que llega acoge
a fin de disponer a su llama la candela.
Tan pronto hubieron llegado a mÃ
estas breves palabras, comprendÃ
que habÃa ascendido por encima de mis fuerzas;
y me reencendà en una visión nueva
tal que de ninguna luz más pura que fuera
no pudieran mis ojos defenderse de ella.
Y vi una luz viniendo como un rÃo
fúlgido de fulgor, entre dos riberas
salpicadas de admirable primavera.
De la corriente brotaban centellas vivas,
que de todas partes llovÃan en las flores,
como rubÃes que el oro circunscribe;
luego, como embriagadas de olores
sumergÃanse en el admirable torbellino,
y la una se metÃa y la otra se salÃa afuera.
El gran deseo que ahora te inflama y urge,
que te expliquen lo que estás viendo,
tanto me place cuanto mayor insurge;
pero es preciso que de esta agua bebas
antes de que tanta sed en ti se sacie.
Asà me dijo el sol de los ojos mÃos.
Y agregó todavÃa: El rÃo y los topacios
que entran y salen y el sonreÃr de la hierba
como sombra de las veras son prefacios;
no que estas mismas cosas en sà sean acerbas;
mas por defecto de tu parte
porque tu visión no es aún tan soberbia.
No hay infante que tan súbito vuelva
su rostro a la leche, si despierta
más tarde de lo que acostumbra,
como yo por mejorar los espejos
de mis ojos, inclinándome a la onda
que se abre para que allà se prospere.
Y no bien de ella bebieron las cejas
de mis párpados, me pareció que la corriente
en su dimensión se hacÃa redonda.
Luego, como gente enmascarada
que se ve distinta que antes si desviste
la ajena figura que la esconde,
asà se cambiaron en mayor fiesta
las flores y las centellas, en cuanto vi
a ambas las cortes del cielo manifiestas.
¡Oh esplendor de Dios por quien vi
el alto triunfo del veraz reino,
dame la virtud de contarlo como lo vi!
Luz hay allá arriba que hace visible
al creador a toda criatura
que de sólo verlo funda su paz.
Y se extiende en circular figura,
de tal tamaño que su circunferencia
serÃa del Sol demasiado amplia cintura;
de rayos consiste toda su apariencia
que se reflejan en la cumbre del primer móvil,
que obtiene de allà su vivir y su potencia.
Y como colina que en el agua sus laderas
espeja, como para verse bella,
cuando de verdura y flores rebosa
asÃ, sobre la luz y flotando en torno,
vi espejarse en mil graderÃas las almas todas
que de nuestro mundo han hecho allà arriba su retorno.
Y si el Ãnfimo grado recoge
tan gran luz, ¡cuál será de esta rosa
la magnitud de sus extremas frondas!
Mi visión en lo amplio y en la altura
no se perdÃa, mas de todas las cosas prendÃa
el cuánto y el cuál de aquella alegrÃa.
Cerca y lejos, allÃ, ni pone ni quita;
que donde Dios sin intermedios gobierna,
la ley natural no tiene cabida.
En el dorado centro de la rosa sempiterna,
que se dilata y se escala y resuma
olor de loas al Sol de la eterna primavera,
como quien calla y hablar quiere,
Beatriz me atrajo y dijo: ¡Mira
cuán grande es el convento de las estolas blancas!
¡Mira nuestra ciudad cuánto se extiende!
¡Mira nuestros escaños tan repletos,
que poca gente más se espera!
En esa gran sede en la que los ojos tienes
por la corona que ya está allà puesta,
antes que tú en estas nupcias cenes,
se sentará el alma, que ya fue augusta
del gran Enrique, que a enderezar Italia
vendrá antes que ella esté dispuesta.
La ciega codicia que os enferma,
os ha hecho como el niño
que muere de hambre y rechaza a la nodriza;
y hará que prefecto sea en el foro divino
un tal que en abierto y en cubierto
no andará con él por un mismo camino.
Mas poco será luego por Dios soportado
en el santo oficio: pues será arrojado
allá donde Simón Mago está por sus méritos
y hará que el de Anagni caiga aún más hondo.
poema de Dante Alighieri en La Divina Comedia, El ParaÃso, traducido por Lic. Jorge Sanguinetti
Añadido por Dan Costinaş
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No querÃamos morir, no querÃamos ir a Crimea, pero tampoco nos gustaba pasarnos todo el santo dÃa tirados en aquel cuartel sucio y negro que olÃa a café de malta, donde siempre descargaban panes destinados al frente y donde siempre habÃa un contador con abrigo de pieles, abrigo sin duda destinado al frente, que vigilaba y contaba los panes para que no desapareciese ninguno. En realidad, no sé lo que querÃamos.
Heinrich Böll en Aquellos dÃas en Odessa (1982)
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Empezó a pasar demasiado tiempo rondando por casa de la viuda, asà que ella por fin le dijo que si no de-jaba de rondar por ahà le iba a buscar algún problema. Diablo cómo se puso. Dijo que iba a demostrar quién mandaba en Huck Finn. Asà que un dÃa me estuvo esperando en la fuente, me agarró y me llevó rÃo arriba tres millas en un bote y cruzó al lado de Illinois, donde habÃa bosques y no habÃa más casas que una vieja cabaña de troncos en un sitio con tantos árboles que no se podÃa encontrar si no se sabÃa el camino ya antes. Me llevaba siempre con él y nunca tuve la oportunidad de escaparme. Vivimos en aquella cabaña y siempre cerraba la puerta con llave; por las noches se acostaba con ella debajo de la almohada.
Mark Twain en Las aventuras de Huckleberry Finn (1884)
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Bernardo: La noche pasada, cuando esa misma estrella que está al occidente del polo habÃa hecho ya su carrera, para iluminar aquel espacio del cielo donde ahora resplandece, Marcelo y yo, a tiempo que el reloj daba la una...
réplica en Hamlet, Acto I, Escena 1 de William Shakespeare (1599), traducido por Inarco Celenio
Añadido por Dan Costinaş
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