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Ramón Eder

No dejes que el periódico te amargue el día.

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Citas similares

Honoré de Balzac

El periódico es una tienda en que se venden al público las palabras del mismo color que las quiere.

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Pitágoras

No te dejes poseer por una risa incontenible.

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Platón

No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad.

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Ramón Eder

No dejes que la tristeza te gane la partida.

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Ora, pero no dejes de remar hacia la orilla.

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No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

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Bébete tu romo y fúmate tu vaina, pero nunca dejes de crear y trabajar.

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El periodismo mata al libro lentamente y para evitarlo hay que propinar a la sociedad el remedio allí donde encuentra el mal; hay que darle la literatura en pequeñas tomas; hay que desleír el libro en el periódico, a fin de que se le acepte.

cita de Patrocinio de Biedma y la MonedaInformarnos sobre un problema/apéndiceCitas similares
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Rubén Darío

No dejes apagar el entusiasmo, virtud tan valiosa como necesaria; trabaja, aspira, tiende siempre hacia la altura.

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Steve Jobs

No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición.

cita de Steve Jobs (2005)Informarnos sobre un problema/apéndiceCitas similares
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Kobo Abe

Desde su regreso al pozo, para no perturbar su espíritu, trató de no leer el diario. Pasada una semana, ya no tuvo deseos de leer. Después de un mes, casí había olvidado que existían cosas tales como el periódico.

Kobo Abe en La mujer de la arena (1962)Informarnos sobre un problema/apéndiceCitas similares
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Vive la vida y no dejes que la vida te viva.

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Richard Bach

No te dejes abatir por las despedidas. Son indispensables como preparación para el reencuentro y es seguro que los amigos se reencontrarán, después de algunos momentos o de todo un ciclo vital.

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Gabriel García Márquez

Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quien se puede enamorar de tu sonrisa.

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Porque no es verdad que esta vida que llevamos sea el destino del hombre en la creacion; y cualquier Gobierno que permitiera llenar el que realmente debe ser; que asegurase á los ciudadanos su libertad, sus derechos; y mejorase su condicion social: cualquiera, fuese cual fuese su nombre, con solo esas condiciones, seria preferible mil veces á eso que vosotros llamais sistema americano.

Florencio Varela en "Juicio sobre el gobierno de Rosas" - artículo publicado en el periódico «El Comercio del Plata» (1845)Informarnos sobre un problema/apéndiceCitas similares
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Vete amor

Vete amor,
que todavía estamos a tiempo,
crees que no,
despreocupado estás contento,
vete amor,
que paz ya no tendré ni tendrás,
perderemos el sueño.

Crees que no,
los trenes y algún paragüas,
incluso el periódico leeremos mal,
querido verás,
nos preguntaremos cómo es posible
que el mundo lo sepa todo de nosotros.

Tal vez te llamaré
"diablillo (trastito) amoroso"
y "dudú dadadá",
y tu nombre será el nombre de cada ciudad,
de un gatito regado que maullará,
tu nombre estará en un cartel que hace,
de la publicidad, en la calle para mí
y yo con la nariz hacia arriba la cabeza sacudiré,
siempre allí, siempre tú...
todavía un poco más
y después todavía no lo sé.

Vete amor,
mi bárbaro invasor,
crees que no,
sonriente timador.
Vete un rato,
que paz ya no tendré ni tendrás,
vete o tendremos problemas.

Y pequeñas disputas, querido, verás
la guerra estelar que vendrá,
nuestro amor estará allí,
tembloroso (vibrante) y brillante, así...

Una vez más te llamaré
"diablillo (trastito) amoroso"
y "dudú dadadá",
y tu nombre será el frío y la oscuridad,
un gatazo desgreñado que me arañará,
tu amor será un mes de sequía
y en el cielo no hay lluvia fresca para mí
y yo con la nariz hacia arriba la cabeza perderé,
siempre allí, siempre tú...
todavía un poco más
y después todavía no lo sé.

Una vez más te llamaré
"diablillo (trastito) amoroso"
y "dudú dadadá",
y tu nombre será el nombre de cada ciudad,
de un gatito regado que maullará,
tu nombre estará en un cartel que hace,
de la publicidad, en la calle para mí
y yo con la nariz hacia arriba la cabeza sacudiré,
siempre allí, siempre tú...
todavía un poco más
y después todavía no lo sé.

canción interpretada por Amedeo Minghi y MiettaInformarnos sobre un problema/apéndiceCitas similares
Añadido por Simona Enache
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Edgar Allan Poe

El Cuervo

Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
a mi puerta oí llamar:
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
mano tímida a tocar:
«Es—me dije—una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo y nada más!»

¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
la radiante, la sin par
vírgen pura a quien Leonora los querubes llaman, hora
ya sin nombre... ¡nunca más!

Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar,
«es, sin duda, un visitante—repetía con instancia—
que a mi alcoba quiere entrar:
un tardío visitante a las puertas de mi estancia..
eso es todo, y nada más!»

Paso a paso, fuerza y bríos

fue mi espíritu cobrando:
«Caballero—dije—o dama:
mil perdones os demando;
mas, el caso es que dormía,
y con tanta gentileza
me vinisteis a llamar,
y con tal delicadeza
y tan tímida constancia
os pusísteis a tocar,
que no oí»—dije—y las puertas
abrí al punto de mi estancia;
¡sombras sólo y...
nada más!


Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;
más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
ruido alguno... Resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
yo me puse a murmurar,
y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
esto apenas, ¡nada más!
A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
pronto oí llamar de nuevo,—esta vez con más violencia,
«De seguro—dije—es algo que se posa en mi persiana;
pues, veamos de encontrar
la razón abierta y llana de este caso raro y serio,
y el enigma averiguar.
¡Corazón! Calma un instante, y aclaremos el misterio...
—Es el viento—y nada más!»

La ventana abrí—y con rítmico aleteo y garbo extraño
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
con aspecto señorial,
fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
de mi puerta el cabezal;
sobre el busto que de Palas la figura representa,
fué y posóse—¡y nada más!
Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de seguro
no eres cuervo nocturnal,
viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
Díme:—«¿Cuál tu nombre, cuál
en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?...»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!.»

Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
que lograse contemplar
ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
ave o bruto reposar
sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,
con tal nombre: «¡Nunca más!».

Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,
sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
vinculada—ni una pluma sacudía, ni un acento
se le oía pronunciar...
Dije entonces al momento: «Ya otros antes se han marchado,
y la aurora al despuntar,
él también se irá volando cual mis sueños han volado.»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»


Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
«no hay ya duda alguna—dije—lo que dice es aprendido;
aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
persiguiera sin cesar,
persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
sus canciones terminar
y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo
de jamás, ¡y nunca más!»
Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
dime entonces a juntar,
por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
de un pasado inmemorial,
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
al graznar: «¡Nunca jamás!»

Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelo
me empeñaba en descifrar,
sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
luminosa mi fanal—
terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá élla
a oprimir—¡Ah! ¡Nunca más!

Parecióme el aire, entonces,
por incógnito incensario
que un querube columpiase
de mi alcoba en el santuario,
perfumado—«Miserable sér—me dije—Dios te ha oído,
y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
te ha venido hoy a brindar:
¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»

«Eh, profeta—dije—o duende,
mas profeta al fin, ya seas
ave o diablo—ya te envíe
la tormenta, ya te veas
por los ábregos barrido a esta playa,
desolado
pero intrépido a este hogar
por los males devastado,
dime, dime, te lo imploro:
¿Llegaré jamas a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»

«¡Oh, Profeta—dije—o diablo—Por ese ancho combo velo
de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
a quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida,
presa infausta del pesar,
sí jamás en otra vida la doncella arrobadora
a mi seno he de estrechar,
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»

«Esa voz,

oh cuervo, sea
la señal
de la partida.

grité alzándome:—¡Retorna,
vuelve a tu hórrida guarida,
la plutónica ribera de la noche y de la bruma!...
de tu horrenda falsedad
en memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja...»
Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»

Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...
y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
las visiones ve del mal;
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja trunca
su ancha sombra funeral,
y mi alma de esa sombra que en el suelo flota...¡nunca
se alzará... nunca jamás!

poema de Edgar Allan Poe (1845), traducido por Juan Antonio Pérez BonaldeInformarnos sobre un problema/apéndiceCitas similares
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